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Exterior de La Mezcalería en Miguel Hidalgo 1119, fachada de ladrillos rojos con luces cálidas al anochecerDestacado

Una noche de mezcal en La Mezcalería, Oaxaca

Entre luces tenues y el aroma a agave, La Mezcalería se convierte en el refugio perfecto para los amantes del mezcal en el Centro de Oaxaca.

A las siete de la tarde, el sonido de copas chocando y risas se cuela por la puerta de La Mezcalería, en Miguel Hidalgo 1119. El aire huele a madera quemada y a tierra húmeda, recuerdo de los campos de agave que alimentan cada botella. Un grupo de locales y viajeros se reúne alrededor de la barra, algunos con la mirada curiosa, otros con la certeza de que ya conocen cada nota del espirituoso.

Mesa con la degustación de mezcal: cinco vasos pequeños alineados, cada uno con una botella diferente, enfoque en los colores y el vapor

Yo pido la "degustación de mezcal": cinco vasos pequeños alineados como una paleta de colores, cada uno con un mezcal diferente, desde el ahumado Espadín hasta el floral Tobala. El precio de la ronda es MX$85, una ganga para la calidad que se siente en cada sorbo. El primer trago golpea con notas de humo de leña, seguido por un toque cítrico que recuerda a la lima recién cortada. La textura es suave, el final largo, como una conversación que no quiere terminar. Un cliente escribe: "La explicación del dueño sobre cada agave me hizo sentir parte del proceso". Otro visitante comenta: "El ambiente invita a la charla, cada botella abre una historia". Un tercer reseñista señala: "La atención es impecable, aprendí a distinguir entre los distintos tipos de mezcal".

El propietario explicando los agaves detrás de la barra, mostrando botellas y gesticulando, ambiente íntimo

Detrás del mostrador, el propietario, un hombre de mediana edad con una sonrisa franca, comparte su conocimiento. Cada viernes extiende una charla de una hora sobre la historia del mezcal, mientras sirve un "Mezcalita" con miel de mezcal, jalapeño y una rodaja de toronja, precio MX$70. Los habituales llegan por esa charla, por la sensación de pertenecer a una comunidad que valora el saber tradicional. La barra muestra botellas alineadas, y la luz crea sombras que bailan sobre las mesas.

Al cerrar, a las once, la música se vuelve más suave, los últimos clientes se despiden con un brindis. El aroma a agave persiste en el aire, mezclado con el perfume de la comida callejera que se escapa del mercado cercano. Salgo con la sensación de haber aprendido algo nuevo, de haber probado un mezcal que no habría encontrado en otro sitio. La Mezcalería no es solo un bar; es una escuela de agave, un punto de encuentro donde cada sorbo cuenta una historia.

Mañana, al pasar de nuevo por la calle Miguel Hidalgo, la fachada sigue allí, pero ahora la veo con los ojos de quien ya conoce el secreto que guarda su interior. La promesa de otra ronda, de otra charla, me llama. La experiencia se queda, como el eco de una canción que sigue resonando mucho después de que la última copa se haya vaciado.

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