A las ocho de la tarde, el aire de la zona centro se vuelve más cálido y el sonido de las guitarras se cuela entre los pasos de los transeúntes. Dentro de La Mezcalería, la luz tenue de las lámparas de cobre se refleja en filas de botellas que parecen contar historias de Oaxaca. Un grupo de locales, una pareja de turistas y el propio dueño están alrededor del mostrador, mientras el aroma a mezcal ahumado se mezcla con el perfume de las flores de azahar que adornan la barra.

El corazón del lugar es su mesa de degustación, donde el bartender prepara una "flight" de tres mezcales diferentes, cada uno servido en una copa de barro. Uno de los clientes comenta: "El mezcal de Pechuga tiene un sabor a carne ahumada que me recuerda a la cocina de mi abuela". Otro visitante escribe en su reseña: "Me encantó la explicación del propietario sobre cada agave, aprendí más en una hora que en una clase". Un tercer comentario dice: "El ambiente de conversación es perfecto para descubrir nuevos sabores, nunca había probado un mezcal tan suave".

La carta, aunque sencilla, destaca el mezcal de Pechuga (MX$120) y el de Joven de Espadín (MX$80). El primero se sirve con una rodaja de naranja y una pizca de sal de gusano; su cuerpo es denso, con notas de cacao y un final ligeramente dulce que se funde con el picante del chile. El Joven, por otro lado, es más ligero, con notas herbales y un toque de madera. Los clientes vuelven por la combinación de calidad y la atención personalizada: el dueño, que aprendió el oficio de su abuelo, siempre está dispuesto a explicar el origen de cada botella y a recomendar la mejor combinación con los antojitos que el bar ofrece, como los tacos de chapulines por MX$50.
A medida que la noche avanza, la barra se vuelve más animada. A las diez, la música cambia a ritmos de jazz mexicano y el público se vuelve más íntimo. Un cliente habitual dice: "Vengo cada viernes porque la conversación fluye y el mezcal siempre está a la altura". La atención no se detiene; el personal prepara una segunda ronda de flights y sugiere un mezcal de Pechuga con una pizca de cacao, una combinación que, según los propios clientes, "cierra la noche con un beso dulce".
Al cerrar, alrededor de la 1 am, la puerta se abre de nuevo para los últimos que quieren una última copa antes de regresar a sus casas. El aroma a mezcal permanece en el aire, y la fachada iluminada bajo la luna invita a volver. Salir de La Mezcalería con la sensación de haber aprendido algo nuevo sobre el agave, con el paladar aún recordando la suavidad del Joven y la profundidad del Pechuga, es una experiencia que se queda en la memoria mucho después de que las luces se apaguen.






