A las ocho de la noche, el sonido de copas chocando y la risa de un grupo de amigos que acaba de llegar al patio de Cortijo La Mezcalería llena el aire. El aroma a madera quemada y a agave recién destilado se cuela entre las mesas de hierro forjado, mientras la luz amarilla de los faroles cuelga como un suave velo sobre los clientes. Un bartender, con una sonrisa que parece haber sido pulida por años de servir, prepara un mezcal con una rodaja de toronja y un toque de sal de gusano; el líquido se vuelve dorado y humeante, anunciando la primera ronda de la noche.
El bar nació hace una década en una casa colonial del centro, cuando un grupo de jóvenes emprendedores decidió convertir su pasión por el mezcal en un punto de encuentro. La fachada de ladrillo rojo y las puertas de madera tallada recuerdan la arquitectura tradicional, pero el interior es una mezcla de lo rústico y lo moderno: paredes de piedra, un mostrador de cobre y una barra larga donde se exhiben botellas de más de 30 marcas distintas. El menú, aunque breve, destaca el "Mezcal Old Fashioned" a $150, un cóctel que combina mezcal ahumado, azúcar moreno y amargos de chocolate, servido en un vaso bajo con una cáscara de naranja flameada. La primera sorbo golpea con notas ahumadas, dulces y un final ligeramente picante que deja la lengua vibrando.
Los visitantes habituales hablan con entusiasmo. "El mezcal aquí tiene una profundidad que no encuentras en otro lado", comenta Ana, una clienta que viene cada viernes después del trabajo. Otro cliente, Luis, escribe en su reseña: "El ambiente es íntimo, la música en vivo de la esquina siempre me hace sentir como en casa, y el mezcal Old Fashioned es simplemente perfecto para cerrar el día". Una tercera reseña señala: "El servicio es rápido y amable, y la selección de mezcales es una clase magistral; probé el mezcal de espadín de 12 años y fue una explosión de sabores terrosos y herbales". Estas opiniones revelan una comunidad que valora tanto la calidad del trago como la calidez del personal.
A medida que la noche avanza, el público se vuelve más variado: turistas con mochilas, parejas locales y artistas que buscan inspiración. El bar ofrece también una tabla de botanas – guacamole con totopos de maíz azul, chicharrón de cerdo y una pequeña porción de tlayudas con queso Oaxaca – todo por $120. Cada bocado complementa el mezcal, creando un equilibrio entre lo crujiente, lo cremoso y lo picante. En el rincón, una guitarra acústica suena suavemente, mientras el bartender comparte historias sobre la procedencia de cada agave, haciendo que cada visita se sienta como una lección informal de cultura oaxaqueña.
Cuando el reloj marca la medianoche y la última canción se desvanece, el patio vuelve a respirar tranquilo. Las luces se apagan poco a poco, pero el recuerdo del mezcal ahumado y la conversación cálida permanece. Cortijo La Mezcalería no es solo un bar; es un punto de encuentro donde el sabor del agave se mezcla con la historia de la ciudad, y donde cada visitante sale con una nueva anécdota para contar.






