A las ocho de la noche, la calle Murguía vibra con el sonido de guitarras y el tintineo de copas. Dentro de Casa Embajador de Oaxaca, el aire huele a mezcal ahumado y a mariscos frescos; la barra está llena de gente que charla en voz baja mientras el barman sirve una ronda de cócteles artesanales. Un grupo de jóvenes locales ocupa la mesa junto a la ventana, riendo mientras el sol se cuela entre los faroles de la terraza.

El bar‑grill se abrió hace una década bajo la visión de una familia oaxaqueña que quería crear un espacio donde el mezcal fuera el protagonista. La carta, aunque sencilla, destaca por la variedad de mezcal envejecido que los clientes pueden probar en degustaciones guiadas. El cóctel estrella, el “Mezcal Sunset”, combina mezcal joven, jugo de toronja, un toque de miel de agave y una pizca de sal de mar; su color ámbar se vuelve más profundo al mezclarlo, y el primer sorbo deja una sensación ahumada que se equilibra con la acidez cítrica.

Los visitantes habituales hablan del “tuna toast” como el acompañamiento perfecto para el mezcal. La rebanada de pan crujiente se cubre con atún fresco marinado en salsa de soja, aguacate en cubos y una lluvia de chile de árbol; el contraste entre la textura crujiente y el pescado suave crea una explosión de sabores que muchos describen como “una fiesta en la boca”. Otro favorito son los chapulines tostados con limón, que llegan en un pequeño plato de cerámica; su sabor salado y ligeramente picante complementa la calidez del mezcal.
En los comentarios de los clientes, la atmósfera se menciona una y otra vez. “Me encanta la música en vivo los viernes; el ambiente es relajado pero lleno de energía”, escribe una reseña. Otra comenta: “El personal siempre está atento, y el mezcal que recomiendan nunca decepciona”. Un tercer cliente señala: “El patio interior tiene luces colgantes que crean una luz tenue; perfecto para una cita nocturna”. Estas voces revelan que la combinación de buen servicio, bebidas cuidadas y un entorno acogedor hacen que la gente vuelva una y otra vez.
Al cerrar la noche, el sonido de la guitarra se vuelve más suave y la barra se vacía lentamente. El último trago de mezcal se sirve en una copa de barro, recordando la tradición oaxaqueña. Salir de Casa Embajador de Oaxaca es como dejar una conversación que aún sigue resonando en la calle, con la promesa de volver pronto para otro brindis bajo las luces de Murguía.






