El reloj marcaba las 7:30 de la tarde cuando entré a Hotaru Lomas, justo después de la hora pico del metro. El aroma a comino y cilantro me recibió antes de que la puerta se cerrara detrás de mí; una mezcla que me recordó a los mercados de Delhi. En la barra, un par de jóvenes compartían una ración de samosas de patata mientras reían sobre el tráfico de la zona. El sonido de los cubiertos contra los platos y la música suave de sitar creaban un ambiente íntimo que invitaba a quedarse.
Me acerqué a la mesa del centro, donde el chef terminaba de montar el plato estrella: Pollo Tikka Masala, una salsa cremosa de tomate y yogur que cubría el pollo tierno, servido con arroz basmati perfumado y un trozo de naan de ajo recién horneado. El precio del plato era MXN 180, una cifra razonable para la calidad que se percibe en cada bocado. Al probarlo, la primera sensación fue el contraste entre la suavidad del pollo y el toque picante del garam masala, seguido por la dulzura sutil del yogur que equilibraba todo. Un cliente a mi lado comentó: “El pollo está jugoso y la salsa tiene el punto justo”.
A medida que la noche avanzaba, el local se llenó de una mezcla de familias y grupos de amigos que buscaban una cena reconfortante. En la esquina, una pareja disfrutaba de un plato de Biryani de cordero, mientras una mujer mayor pedía un Lassi de mango por MXN 70, describiendo su sabor como “como un abrazo fresco en medio del calor”. Un comensal comentó: “El naan es crujiente por fuera y esponjoso por dentro, perfecto para acompañar cualquier curry”. Estas voces de los comensales revelan por qué Hotaru Lomas se ha convertido en un punto de referencia para los amantes de la cocina india en la ciudad.
El interior combina una iluminación acogedora con una barra de madera donde se pueden ver los tazones de especias alineados como pequeños tesoros. En una mesa cercana, un grupo de estudiantes universitarios compartía una ronda de Chai masala, comentando que el precio de MXN 45 por taza era “una ganga para la calidad”. La atención del personal es ágil pero sin prisas; el camarero me recomendó probar los Gulab Jamun, dulces bolitas de leche fritas, que llegaban a la mesa a los pocos minutos, cubiertas de almíbar dorado.
Al final de la velada, mientras salía por la calle Lomas de Chapultepec, el recuerdo más fuerte era el equilibrio perfecto entre tradición y modernidad que Hotaru Lomas logra mantener. La experiencia no se limitó a la comida, sino a la sensación de estar en un pequeño rincón de la India, rodeado de la energía de la Ciudad de México. Si buscas un lugar donde el sabor hable por sí mismo y cada detalle cuente una historia, este es el sitio al que volveré una y otra vez.






