A las siete de la tarde, el sol se cuela entre los altos pinos de Valle del Sol y el aire lleva un perfume a tierra mojada y a café recién hecho. En la terraza de Torote Restaurant, una pareja de locales y un grupo de viajeros comparten mesas de madera, mientras el murmullo de la brisa del Pacífico se mezcla con risas y el tintinear de copas. La vista del atardecer sobre la bahía se extiende como un lienzo dorado, y el susurro del viento añade un toque rústico que hace que el momento se sienta íntimo y auténtico.
El menú, accesible a través de su sitio web, propone platos que celebran la cocina mexicana con un giro contemporáneo, todo dentro de un rango de precio de MXN 600‑700. El brunch de chilaquiles verdes con pollo deshebrado, coronado con crema fresca y queso Oaxaca, llega a la mesa acompañado de una jarra de jugo de toronja. Cada bocado combina la crujiente textura del totopo con la suavidad del pollo, mientras el picante sutil del verde despierta el paladar. Un cliente escribió en su reseña: “Los chilaquiles son una explosión de sabor, la salsa tiene la cantidad justa de picante y la presentación es impecable”. Otro visitante comentó: “El ambiente al atardecer es mágico, la vista y la comida hacen que quieras quedarte toda la noche”. Un tercer reseñista señaló: “El servicio es atento, pero sin ser intrusivo; me sentí como en casa”.
Detrás del mostrador, el chef, que creció en la zona, cuenta que la inspiración para el menú vino de los recuerdos de la granja familiar, donde aprendió a cocinar con ingredientes frescos y a valorar la conexión con la tierra. Esa historia se refleja en cada plato, desde el ceviche de camarón con mango hasta el mole de chocolate negro que se sirve en un plato tradicional. Los comensales habituales vuelven por la combinación de sabores auténticos y la sensación de estar en un lugar que respeta sus raíces, algo que se percibe también en la selección de vinos locales que acompañan la cena.
A medida que el sol se oculta, las luces de la terraza se encienden y la música suave llena el espacio. La gente se relaja, algunos se quedan a disfrutar de un postre, mientras otros piden un último trago. La atmósfera se vuelve más íntima, y el murmullo de conversaciones se vuelve un telón de fondo para la brisa nocturna. En este momento, la experiencia completa de Torote se revela: una vista que cautiva, una cocina que honra la tradición y un servicio que hace que cada visita se sienta personal.
Al despedirme, el eco de la última canción se mezcla con el sonido de las olas lejanas. Salgo del restaurante con el sabor del mole todavía en la boca y la imagen de la puesta de sol grabada en la mente. Torote no es solo un restaurante; es un punto de encuentro donde la comida, la naturaleza y la gente se entrelazan, creando recuerdos que perduran mucho después de que la cuenta se paga.






