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Campestre: el sabor casero que despierta Cabo San Lucas

Una mañana en Campestre, el aroma del cilantro y el chile se cuela entre la calle Salvatierra mientras los locales se sientan a desayunar.

A las ocho de la mañana, la calle Salvatierra ya vibra con el sonido de los cubiertos y el murmullo de conversaciones en español e inglés. En la terraza de Campestre, bajo una sombrilla, un grupo de pescadores comparte una ronda de chilaquiles mientras el sol se asoma entre los edificios de Mariano Matamoros. El aire huele a tortilla recién frita, salsa verde y un toque de jugo de limón; es imposible no sentir que el día empieza con energía.

Campestre se encuentra en Salvatierra s/n entre Lopez Mateos y Camino al Faro, un punto fácil de localizar para cualquiera que pase por la zona. Abre de lunes a viernes de 7:30 am a 9 pm y los domingos hasta las 2 pm; los sábados está cerrado, lo que le da un ritmo propio de semana y fin de semana. El interior combina mesas de madera con paredes pintadas, y la luz que entra por las ventanas grandes crea un ambiente cálido, casi hogareño. Los clientes habituales llegan por la sensación de comida hecha en casa, percibida como “accesible” y “local”.

El plato que define a Campestre es su chilaquiles con huevo estrellado. Sobre una cama crujiente de totopos bañados en salsa verde, se posa un huevo que todavía conserva la yema líquida, y se espolvorea queso fresco y cilantro picado. Cada bocado mezcla la acidez de la salsa con el dulzor sutil del maíz, mientras la yema se vuelve mantequillosa al romperse. El precio está dentro del rango de $1–100 que maneja el restaurante, lo que lo hace accesible para cualquier bolsillo. Los chilaquiles son una explosión de sabor que recuerda a los desayunos de la infancia.

Entre los platos que también reciben elogios están los camarones al coco, las fajitas de pescado y la flan de cajeta. Los camarones al coco son ligeros y tienen un toque tropical que no se encuentra en otros lugares. Las fajitas de pescado llegan jugosas, con el toque justo de chile. La tampiqueña, servida con frijoles y guarnición de arroz, es descrita como “generosa en porciones”. Cada platillo lleva la firma de una cocina que prioriza lo casero y lo fresco, sin pretensiones de alta gastronomía, pero con la calidad que la gente busca día a día.

Al caer la tarde, la terraza vuelve a llenarse, ahora con música y el aroma del flan caliente. La escena cierra el círculo: los mismos clientes que llegaron por los chilaquiles regresan para una copa de mezcal y una porción de flan, mientras el sol se pone detrás del Faro. Campestre sigue siendo ese rincón donde la comida habla por sí misma, donde cada plato cuenta una historia de tradición y de gente que se reúne alrededor de la mesa. La experiencia se queda en la memoria mucho después de que la última cucharada se haya terminado, y el eco de las risas sigue resonando en la calle Salvatierra.

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