A las siete de la tarde, el sonido de la calle Amado Nervo se mezcla con el susurro de la puerta de cristal que se abre. Dentro, el perfume de albahaca y ajo recién picado se cuela entre las mesas de madera clara. Un par de estudiantes de la Universidad Autónoma están en la fila, riendo mientras esperan su primera ronda de antipastos; el camarero los recibe con una sonrisa y una recomendación de la casa: el pesto pasta.
El pesto pasta llega en un plato blanco, la salsa verde brillante cubriendo cada hebra de fettuccine como una lluvia de esmeralda. El sabor es intenso, la albahaca fresca domina, pero el toque de piñones y el queso parmesano añaden una textura cremosa que se desliza sin esfuerzo. El precio se sitúa dentro del rango de MX$100–200, lo que lo convierte en una opción generosa para una cena sin prisas. En la misma mesa, otro cliente comenta: "El pesto es una delicia que me recuerda a la Toscana". Un grupo de amigos, habituales del local, piden una pizza de salmón que, según su reseña, "combina la frescura del pescado con la suavidad de la masa".
Ravioli de ricotta y espinaca aparecen después, servidos con una salsa ligera de mantequilla y salvia. La primera mordida revela una capa de masa delicada que se rompe al contacto, liberando un relleno cremoso que se funde con la salsa. Un visitante escribe: "Los raviolis son perfectos, nada demasiado pesado". La atención del personal es otro punto que se repite en los comentarios; una reseña destaca "el staff siempre está atento, nunca falta una copa de vino o una servilleta". La atmósfera, descrita como "tranquila" y "pequeña", invita a conversaciones largas y a disfrutar del silencio que contrasta con el bullicio exterior.
Al cerrar la noche, el local reduce la intensidad de la luz y el sonido del vinilo italiano se vuelve más presente. La gente se queda, algunos con una michelada en mano, otra con una ensalada fresca que complementa la comida italiana. Un cliente veterano dice: "Vuelvo cada semana porque aquí encuentro la tranquilidad que busco después del trabajo". La combinación de platos bien ejecutados, precios razonables y un servicio que parece personal, convierte a Il Nonni en un punto de referencia para los amantes de la cocina italiana en la ciudad.
Cuando finalmente salgo, el aroma del pesto sigue persiguiéndome por la calle. La fachada de ladrillos rojos y la luz amarilla que se filtra por la ventana hacen que la experiencia se quede grabada, no solo como una cena, sino como un pequeño refugio donde la comida habla por sí misma. Si alguna vez paseas por Lindavista, busca la puerta de cristal y déjate envolver por la magia de una trattoria que, sin pretensiones, ofrece auténtico sabor italiano.






