A las siete de la tarde el sol ya empieza a bajar sobre la avenida principal de San José del Cabo. En la terraza de Restaurante Tropicana se escuchan risas, el tintinear de copas y el crujido de la brisa marina. El aire lleva consigo el perfume del carbón encendido y el cilantro recién picado. Un grupo de amigos se sienta en la mesa del rincón, piden una ronda de margaritas y esperan el plato que siempre los reúne.
El menú de Tropicana, aunque abarca de un peso a cien dólares, se centra en lo sencillo y lo bien hecho. El plato estrella, el filete de pescado a la talla, llega en un plato de barro con una salsa verde que brilla bajo la luz del atardecer. La carne del pescado se deshace al tocarla, la salsa combina el picante del chile con la acidez del limón y el toque ahumado del mezcal. Un comensal comenta que el equilibrio entre el crujiente del empanizado y la suavidad del interior lo hace “un abrazo para el paladar”.
Los clientes habituales hablan de la atención del staff como si fuera parte del sabor. La camarera recuerda el nombre del cliente y su preferencia por la salsa de mango, y el ambiente se siente como una fiesta familiar sin ruido excesivo. En la barra, el bartender prepara el cóctel de guava con una presentación que incluye una rodaja de chile rosado, y el trago cambia de dulce a picante en cada sorbo.
Al cerrar la noche, el cielo se oscurece y la música de guitarra se mezcla con el murmullo del mar. Los platos vacíos dejan una sensación de satisfacción que invita a volver. El personal limpia las mesas mientras los últimos clientes se despiden, y el aroma del café recién molido se percibe al salir. Salgo del restaurante con la sensación de haber compartido una pieza auténtica de la vida cotidiana de San José del Cabo, sabiendo que la próxima visita será para probar la sopa de camarón que, según un comentario reciente, “te lleva directamente a la playa”.



