A las 5 de la tarde, el sol se cuela entre los árboles de la plaza y el sonido de la fuente se mezcla con el crujir de cucharas contra copas de cristal. En la terraza de Gelato Genova, una pareja de estudiantes comparte una porción de affogato mientras discuten el examen de mañana; el vapor del espresso se eleva y se funde con la nieve cremosa del gelato, creando una niebla perfumada que envuelve a los curiosos que pasan.
El local, ubicado en Blvd. Eulalio Gutiérrez Treviño 1354, Plaza Las Quintas, lleva el nombre de la ciudad italiana que inspiró su estilo. La fachada de azulejos blancos y el letrero en cursiva verde recuerdan a una trattoria de Milán, pero el interior está pensado para el calor del norte de México: paredes de madera clara, ventiladores de techo y una barra de mármol donde se forman los sabores al instante. El personal, siempre sonriente, sirve el gelato con una cuchara de madera que deja una estela de espuma blanca sobre la copa.
El menú, aunque sencillo, destaca por la calidad de sus ingredientes. El pistacho, con trocitos de almendra tostada, se derrite en la boca como una niebla de nieve y deja un regusto ligeramente salado que contrasta con la dulzura. El affogato, que combina una bola de gelato de vainilla con un espresso recién colado, se sirve en una taza de cerámica gris; al primer sorbo, el café caliente corta la frialdad del helado, creando una danza de temperaturas que despierta los sentidos. Los visitantes habituales hablan de la “textura de nieve” que solo se consigue con una máquina artesanal, y de la sensación de “viajar a Italia sin salir de Saltillo”.
Los horarios son un detalle que vale la pena mencionar: abre de martes a jueves de 2:30 a 8:30 PM, los viernes hasta las 8:30 PM y los fines de semana de 2 a 9 PM. Esa flexibilidad permite que tanto los niños que buscan un postre después de la escuela como los adultos que quieren cerrar la jornada con algo frío encuentren su momento. La gente llega en grupos, en pareja o sola, y siempre se lleva una sonrisa. En la mesa de al lado, un abuelo comenta que el gelato le recuerda a los veranos de su infancia en la sierra, mientras su nieta se deleita con una cucharada de fresa que parece una joya roja sobre la nieve.
Al cerrar la tarde, la terraza se vuelve más tranquila; las luces cálidas se encienden y el aroma del espresso se mezcla con el perfume de las flores de la plaza. La experiencia se completa cuando el camarero ofrece una última cucharada de pistacho a los que se quedan. Salir de Gelato Genova con una cucharada aún colgando del borde del vaso es como llevarse un pequeño recuerdo del sabor del día. Cada visita se siente como una conversación con la ciudad, una pausa dulce que invita a volver una y otra vez.






