A las diez de la mañana, el sol apenas se cuela entre los balcones de la calle Carlos María Bustamante y el aire huele a mantequilla fundida y azúcar. Dentro, una fila de clientes murmura mientras espera su orden; el mostrador de madera cruje bajo el peso de platos apilados. El sonido del batidor contra la plancha marca el ritmo del día y yo, con una taza de frappé de fresa en la mano, observo cómo la camarera desliza una crepa dorada sobre el plato.
La especialidad de la casa, la Crepa Supreme, llega con una cascada de chocolate caliente, trozos de plátano y una lluvia de azúcar glas. Al cortar el borde, el crujido revela un interior esponjoso que se funde con el chocolate; el plátano aporta dulzura natural y la salsa, una textura aterciopelada que cubre todo. El precio, 85 pesos, parece un pequeño lujo para el placer que ofrece. "La mejor crepa que he probado en Oaxaca", escribe Ana en su reseña de 2023, y su comentario se repite en la pared de notas de los clientes.
Los visitantes habituales vuelven por la Crepa Frutos Rojos, una mezcla de fresas, frambuesas y arándanos que se asienta sobre una base ligera de crema batida. Un turista de Monterrey anotó: "Me transportó a mi infancia, cada bocado era como un abrazo". Otro cliente menciona la variedad de sodas italianas, especialmente la azulcitos, que acompañan perfectamente el dulzor. La atmósfera es tranquila, con mesas de madera y una música suave que permite conversaciones sin prisas. La familia del propietario, que lleva el negocio desde 2009, cuenta que la receta original proviene de la abuela del chef, quien mezclaba harina con leche fresca cada domingo.
Al mediodía, el local se llena de estudiantes y trabajadores que buscan una pausa rápida. La rapidez del servicio, con la crepa lista en menos de cinco minutos, es parte del encanto. Una reseña reciente dice: "El servicio es rápido y amable, siempre me atienden con una sonrisa". Los niños disfrutan del menú de nachos y mangonada, mientras los adultos se deleitan con la crepa de Nutella y avellanas, precio 70 pesos. Cada detalle, desde la servilleta doblada hasta la presentación del plato, habla de una dedicación que va más allá de la simple venta de postres.
Al cerrar la tarde, la luz dorada se filtra por la ventana y el aroma a caramelo se vuelve más intenso. Los últimos clientes se despiden con una última crepa, y yo me quedo con la sensación de haber encontrado un refugio donde el tiempo se mide en sabores. Regreso a casa con la certeza de que, a cualquier hora, Crepas El Profe seguirá siendo ese punto de encuentro donde la tradición y la creatividad se encuentran en cada hoja de masa.






