A las 2 p.m., el bullicio de la calle Gabriel Leyva Solano se vuelve un susurro detrás del ventanal de La Cocinita del Medio. El aroma a mole y cilantro invade la entrada mientras los clientes se acomodan en mesas de madera gastada. Un grupo de estudiantes de la Universidad Autónoma de Sinaloa ríe, compartiendo una jarra de agua fresca con trozos de fruta, mientras el sonido de una cacerola chisporroteando marca el ritmo de la tarde.
En el interior, la pared de azulejos verdes muestra fotos en blanco y negro de la fundación del restaurante en 2010. La dueña, María, saluda a cada mesa con la calidez de quien ha visto pasar generaciones. El plato estrella, el mole de la casa, llega en un tazón hondo, brillante, con trozos de pollo deshebrado que se deshacen al primer tenedor. El sabor combina el picante ahumado del chile pasilla con la dulzura de la panela, una textura aterciopelada que cubre el paladar y deja un regusto de cacao. Todo por 85 pesos, un precio que los vecinos describen como “accesible para la familia”.
Los comentarios de los comensales aparecen como un murmullo constante. Una clienta escribe que la atención es “cálida y sin prisas”, mientras otro visitante destaca la facilidad de aparcamiento en la calle lateral. Un turista menciona que el ambiente le recordó a una casa de campo, con la diferencia de que la música de cumbias locales suena en vivo los viernes. La variedad de platos, desde enchiladas rojas hasta quesadillas de flor de calabaza, mantiene a los habituales volviendo cada semana, y la oferta de agua fresca de sabores como tamarindo y jamaica refresca entre bocado y bocado.
Al caer la noche, las luces amarillas del local se atenúan ligeramente, creando un refugio íntimo. Los clientes que llegan después de la cena, como los trabajadores de la oficina contigua, encuentran un menú reducido pero igual de sabroso. Un platillo recomendado para la madrugada es el taco de carnitas, crujiente por fuera y jugoso por dentro, servido con cebolla encurtida y salsa verde por 45 pesos. La rapidez del servicio permite que la gente disfrute de una cena ligera antes de regresar a sus rutinas nocturnas.
Cuando el reloj marca las 8 p.m., el local empieza a vaciarse, pero el eco de las risas y el perfume del mole permanecen. Salgo del lugar con la sensación de haber compartido una comida que no solo alimenta el cuerpo, sino también la memoria colectiva de Culiacán. La Cocinita del Medio sigue siendo un punto de encuentro donde la comida sencilla y el trato cercano convierten cada visita en una pequeña celebración.






