A las 8 a.m., la calle 57 vibra con el sonido de los pasos apresurados y el perfume a canela que escapa del mostrador de VITA Memories. Un grupo de estudiantes se agolpa alrededor de la barra mientras el barista vierte un cold brew latte humeante. El murmullo de conversaciones se mezcla con el crujido de los chilaquiles que salen de la cocina, y yo, con una taza en la mano, me dejo envolver por la atmósfera.
El plato estrella, los birria chilaquiles, llega en una fuente de cerámica blanca. La salsa, roja y espesa, lleva la birria de setas que se deshace al tocar el tenedor; los totopos, dorados, absorben el caldo sin perder su crocancia. Cada bocado combina el picante ahumado con la suavidad de la crema vegana, y el toque de cilantro fresco corta la intensidad. El precio se sitúa dentro del rango de MX$100–200, lo que lo hace accesible para una comida de media mañana o un almuerzo tardío. “Los chilaquiles de birria son una explosión de sabor”, escribe una reseña, y no es la única que celebra este plato.
Los visitantes recurrentes hablan del “yucateco benedictine” – un huevo vegano poché sobre arepa de maíz, bañado en salsa de achiote y acompañado de frijoles negros. Una comensal comenta: “Me encanta la combinación de la salsa picante con la suavidad del tofu, es reconfortante”. Otro cliente menciona el “cinnamon roll” recién horneado: “El aroma a canela me transporta a mi infancia, y la textura es perfectamente esponjosa”. Estos testimonios revelan que VITA Memories no es solo un restaurante, es un punto de encuentro donde la comunidad vegana encuentra creatividad y calidez.
La historia del lugar se remonta a 2018, cuando los fundadores, amantes de la cocina yucateca, decidieron reinterpretar los clásicos con ingredientes vegetales. El espacio, decorado con paredes de ladrillo visto y mesas de madera reciclada, invita a quedarse. En la tarde, a las 3 p.m., la luz entra por la ventana del frente, iluminando los platos y creando sombras que resaltan los colores vivos de los guarniciones. El personal, siempre atento, sugiere maridar el “quesabirria” con una cerveza artesanal local, y su amabilidad se refleja en comentarios como “staff attention es de primera”.
Al cerrar la puerta a las 10 p.m., el aroma a canela persiste en el aire de la calle. Salgo con la sensación de haber descubierto un rincón donde la tradición y la innovación conviven sin esfuerzo. VITA Memories me dejó con el recuerdo del crujido del totopo y el calor de la salsa, una experiencia que invita a volver, ya sea para un brunch vegano o una cena íntima bajo la luz tenue del interior. Cada visita refuerza la idea de que la cocina vegana en Mérida tiene alma y sabor, y que este pequeño refugio sigue escribiendo su propia historia culinaria.






