A las 8 am, la calle Paseo Montejo vibra con el sonido de los pasos de los merideños que se dirigen a sus oficinas. Yo ya estoy en la terraza del Starbucks, con la mesa de madera bajo una sombrilla que filtra la luz dorada del sol. El aire huele a café recién molido y a pan tostado del mostrador; una mezcla que invita a quedarse. Al otro lado, una pareja discute animadamente mientras comparte un frappé de leche de almendra y una porción de panini de aguacate. La conversación se vuelve sobre la opción vegana del menú, y el camarero, con una sonrisa, me explica que el frappé lleva jarabe de vainilla sin productos de origen animal.
El Starbucks de la colonia tiene una historia que se cuenta en cada detalle: su fachada de estilo colonial, la terraza con mesas al aire libre y el interior luminoso con paredes blancas que resaltan los colores verdes de las plantas en maceta. El menú, accesible en línea, incluye varias opciones veganas: el “Cold Brew” con leche de avena, el “Latte” de soja y el “Frappuccino” de coco. El precio de cada bebida ronda los $50‑$80 pesos, y el panini vegano cuesta $110. En mi primera visita, pedí el “Frappuccino de coco” y una “Ensalada de quinoa con mango”. El frappé llega con una espuma cremosa que se derrite al primer sorbo, dejando un sabor a coco dulce y refrescante, mientras la quinoa crujiente contrasta con la suavidad del mango, creando una textura que baila en la boca.
Los clientes habituales hablan con entusiasmo. Una reseña dice: “Me encanta la tranquilidad de la terraza, es mi refugio para trabajar y tomar mi latte de soja”. Otro comenta: “El personal siempre sugiere la mejor opción vegana, el panini de aguacate es una delicia”. Una tercera voz escribe: “El ambiente colonial y la limpieza hacen que cada visita sea agradable, sin mencionar el buen café”. Estas palabras reflejan una comunidad que valora tanto la calidad del café como la inclusión de alternativas sin crueldad.
A medida que avanza el día, el lugar se llena de estudiantes, freelancers y ejecutivos que aprovechan la conexión Wi‑Fi. A las 2 pm, el flujo de gente se intensifica; el barista prepara rápidamente los pedidos mientras la música suave de jazz de fondo mantiene el ritmo. La zona de reunión, con su mesa grande, se convierte en un punto de intercambio de ideas, y el aroma a café se vuelve más intenso. La atención al detalle es evidente: cada taza se coloca sobre una servilleta de papel reciclado y el mostrador siempre está impecable.
Al cerrar la visita, el sol se pone detrás de la fachada, tiñendo de naranja las ventanas. Me quedo mirando la calle mientras saboreo el último sorbo de mi frappé vegano. Ahora entiendo por qué este Starbucks se ha convertido en un punto de referencia para los merideños que buscan una opción vegana sin sacrificar el sabor. La combinación de ubicación, ambiente colonial y menú inclusivo crea una experiencia que trasciende el simple café; es un espacio donde la comunidad se reúne, comparte y disfruta de pequeñas delicias sin culpa.






