A las siete de la tarde, la terraza de Ajoblanco en Pedregal #45 se llena de la brisa que lleva el aroma a mar de la fideuá recién servida. Un grupo de amigos se sienta alrededor de la mesa de hierro, mientras el sonido lejano de la ciudad se mezcla con el tintineo de copas de vino. El sol se despide detrás de los altos árboles y la luz dorada baña los platos que llegan, anunciando que la noche apenas comienza.
El plato estrella, la fideuá de mariscos, llega en una cazuela de barro que conserva el calor como si fuera un abrazo. Los fideos finos, ligeramente tostados, se entrelazan con camarones, calamares y mejillones; cada bocado libera un sabor a mar profundo, con un toque de azafrán que tiñe el caldo de un rojo suave. El precio ronda los $750, justo dentro del rango de $700–800 que maneja el restaurante. Al probarla, la textura es cremosa pero con un leve crujido de los mariscos, y el perfume a ajo y pimentón se queda en la garganta, recordando a la costa del Cantábrico.
Los clientes no tardan en hablar. Una comensal escribe, "La fideuá me transportó a la playa, cada cucharada es una ola de sabor". Otro reseña, "El ambiente de terraza es ideal para una cena íntima, el servicio atento y el vino español complementan perfectamente". Un tercer visitante comenta, "Los croquetas de bacalao son crujientes por fuera y jugosas por dentro, una sorpresa que no esperaba en un lugar de mariscos". Estas voces convergen en una sola idea: Ajoblanco no solo sirve comida, crea recuerdos.
Detrás del mostrador está el chef que, tras años en España, decidió traer la esencia de la cocina vasca a la Ciudad de México. El local, con su terraza cubierta de enredaderas, fue pensado para que los comensales puedan disfrutar del aire de Lomas de Chapultepec mientras degustan platos que combinan tradición y modernidad. La carta incluye una selección de vinos que maridan con la fideuá, y la carta de postres, aunque breve, ofrece una tarta de queso con salsa de frutos rojos que cierra la velada con un toque dulce.
Al cerrar la noche, la terraza se vuelve más tranquila; las luces tenues resaltan los detalles de la madera y los vasos vacíos cuentan historias de conversaciones largas. Ahora, al observar la mesa vacía, entiendo por qué los visitantes vuelven: Ajoblanco es una mezcla de sabores, ambiente y atención que convierte una simple cena en una experiencia memorable. La próxima vez que el reloj marque las siete, sabré exactamente dónde sentarme para dejarme llevar por el perfume del mar y la calidez de Lomas.
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